miércoles 30 de noviembre de 2011

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martes 29 de noviembre de 2011

JORNADA DE UN ESCRUTADOR

Comienza el papeleo, la burocracia eterna e injustificada con la primera brisa de la mañana. El día está gélido y taciturno; llevo conmigo dos cigarrillos para amainar la espera. La gente ha comenzado a llegar, las caras lavadas, sus pómulos rosados y brillantes, sus pieles  partidas y cuarteadas  testigos únicos de la inclemencia del poderoso viento de aquella montaña, que a estas alturas golpea con más fuerza o tal vez con la misma enjundia con que se esfuerzan sus habitantes para vivir en esta parte de la ciudad tan sórdidamente abandonada.

El lugar donde la democracia ha tenido hoy su valioso escondite es un colegio del distrito, incrustado entre un par de cordilleras que la separan de la ciudad; el nombre no podía ser más apropiado y menos gracioso; Gabriel García Márquez, el nobel colombiano de literatura, un escritor que con tantos apellidos representa la burocracia más que su experticia en la escritura. Un colegio  que más que eso parece un elefante blanco. Evidencia de nuevo del abandono; con tal nombre es quizás lo que hubiese querido don Gabo para con su memoria, el olvido de un pueblo que solo existió en su memoria ficcionada, Macondo, el pueblo que en el día más democrático del año se vale del nombre de un nobel para no caer en el olvido; qué ironía.

Vereda las violetas le llaman a este lugar. Un caserío alejado por no decir abandonado o tal vez olvidado. Al costado sur le cubre la sombra de una montaña robustecida en verdes varios que contrastan de inmediato con los ocres ladrillos invasores de la urbanización. Frente a la entrada del colegio hay al menos unas cinco casetas de venta de alimentos misceláneos, construidas con latas oxidadas y troncos que soportan la inclemencia del viento, a su alrededor se ve una docena de perros que parecen custodiarlos, la misma cantidad de críos andrajosos con sus brazos descubiertos con sus mocos pendulando sobre sus fosas. Corretean entre los perros, esquivan el barro, saltan charcos oscuros con la misma felicidad que lo haría un infante en un parque de diversiones. Otra escena macondiana.

Han pasado dos horas desde que el himno nacional inauguró tan magno evento y en la mesa donde estoy firmando certificados electorales como notario público apoltronado haciendo rúbricas en autenticaciones, las mujeres han sido el común denominador. Relativamente jóvenes, no sobrepasan los treinta y cinco años y en su rostro es evidente la marca letal de la maternidad; digo letal porque en esa situación que evidentemente es deplorable, parir un hijo o hasta cuatro como puede suceder en la mayoría de los casos, las mujeres dejan de serlo, dejan de pensarse como un individuo, dejan de vivir una infancia que para ellas debió estar acompañada de muñecas y cocinitas rosadas que las prepararon para su temprana y estéril adolescencia, para adolecerse de hijos y maridos irresponsables. Tienen cara de haberse levantado muy temprano en la mañana, preparar el desayuno de sus hijos para poder tener algo de tiempo y salir a votar y de alguna manera extraña sentir que son parte activa de la maquinaria política de su vereda. Algunas de ellas usan ropas de calle, de trabajo, otras en cambio visten con la informalidad que les permite culturalmente la presión social de su pueblo y sus polvaredas calles.

Toda la jornada transcurrió así, con papeletas firmadas viajando del cubículo de votación hasta las urnas, entre sufragante demorados, olvidadizos, perdidos y desubicados, otros los hubo necios hasta el descaro; después en el conteo noté que varios de ellos, es decir los demorados, usaron su tiempo para marcar “a conciencia” cada uno de los candidatos con firmas y equis, me imagino que así hacían su catarsis macondiana. En un momento, a media tarde, una señora en chancletas, falda rosada que le llegaba hasta la rodilla, una blusa tejida en hilo de diferentes diámetros con algunas manchas de comida, se acercó a mi mesa con unos tarjetones ya marcados y los depositó en la urna que no le correspondía, creyendo que no importaba, como si el orden de la jornada lo pusiera ella como lo impone en su casa o como se imponen las órdenes en su vereda, a discreción; esto motivó incinerar, al final de la jornada, 3 tarjetones y por consiguiente la mirada fulminante de los testigos de los partidos que como raro desconfiaban de la moral de los escrutadores. Un voto perdido, un voto olvidado, un candidato sin voto, de nuevo el olvido macondiano rondaba por las mentes de la gente y entre las urnas transparentes.

Al final del día el escrutinio fue por demás arcaico, lento primitivo, manual, abandonado al error humano. Datos hechos con tinta negra y algunos errores pasados por alto, sobrescritos. El conteo fue risorio, falto de seriedad; frente a la mesa permanecieron al menos seis personas, lugareñas, con un cuaderno un lapicero y sus miradas clavadas sobre la tímida exactitud y el sonido de las hojas electorales para contar durante las casi tres horas que se tardó en ello. Yo reía y hacia del conteo un ejercicio catárquico, que me hiciera olvidar de lo absurdo que podía ser el resultado. Llenando una cantidad de líneas y cuadros diminutos con números y rayas que según la registraduría serían traducidos  en curúles que ocuparían los próximos gobernantes, nuestros o de ellos, en mí caso daba igual.

Caída la noche salí del colegio entre la penumbra misteriosa de los resultados electorales y mi regreso a casa; sin alumbrado público el cielo era malvo, profundo, ennegrecido por la soledad de sus habitantes. Algunas lucecitas tiernas entre tanta oscuridad se veían al fondo, titilantes igual que estrellas en el cielo. Caminé cuesta abajo por el lodo varios minutos en compañía de otros jurados que como yo miraban al suelo cuidando no tropezarse y al tiempo arrugando los ojos para intentar descubrir lo que esa soledad escondía  a cada paso tímido. En el primer poste de luz, la primera calle pavimentada, una venta ambulante de chorizos me avisaba que estaba cerca de la civilización, que me alejaba del olvido. Un bus con las llantas manchadas de barro se detuvo en la esquina, corrí para tomar un puesto, antes de subir volteé la mirada para divisar por última vez el espectro macondiano que viví en mi primera jornada como escrutador.






martes 19 de julio de 2011

El agua que hace la rosa

Hoy desperté con el cuerpo entero manchado de sudor. Sudor líquido y constante. La noche anterior leía el diario local y con el mismo líquido sudor deslizando sus dedos sobre mi frente, leía el desplome económico de la USA. Advertí de inmediato que mi cuerpo era consciente de la gravedad de la crisis mundial. Repasaba con atención cada número, estadística, gráfico que ponían en la hoja gris pálida. Continúe leyendo más noticias con el afán de construir un asidero en la ficción que trae consigo un periódico. La cosa no iba tan mal. Las glándulas sudoríparas hacían lo suyo. Un vaso de agua a medio llenar en la mesa de noche, creí que estaba tibia, la olvidé. Hoy desperté con el cuerpo entero manchado de sudor. Los balcones de la ciudad amurallada se desploman y la queja inmediata salta por cada balcón en pie gritándole a propios y extranjeros que dejarán de ser patrimonio de la humanidad -avalado por la unesco- si no actúan pronto. Hoy desperté con el cuerpo entero manchado de sudor. La idea me trajo una más, una idea viene amarrada a otra. Debe ser que por andar leyendo  noticias de sectores tan cercanos al mar mi cerebro condensa de manera tan efectiva y comprobable mi emocionante lectura, me pregunté. Alejo las cobijas de mí. Claro! eso era, las putas cobijas, seguí leyendo.
 La aparición de un precandidato a no sé qué ni por qué, despierta indignación. Así fue, el pre quiso salir en un video musical con 4 tipos armados hasta la pecueca -y no están uniformados, óigase bien, no están uniformados- detrás del prometedor precandidato montado sobre un atlético caballo.  El señor en cuestión, un hombre; él, muy bonachón, quiero decir muy gordito él, pasado en kilos lo mismo que en seguridad privada, con un sobrero propio de la zona ganadera arenga que su "gente" está preparada para "pelear" con "cualquiera". Lo leí diez veces y no lo podía creer, el sudor era incontrolable y agudizaba a la vez mi incredulidad. La entosaba dentro de mi cabeza y extirpaba agua. Estaba coordinando cuerpo y mente, increíble. Avasallador.
Terminé sin cumplir el objetivo; el sueño llegó y con él la oscuridad interna, placentera. He notado últimamente que mis sueños son los sueños soñados de otros, que no son míos. y que además ya son viejos, sueño en sephia, en cámara lenta, en humo sobre la retina. Antes de dormir, justo antes de cerrar las puertas del averno, le dije que la amaba.
Hoy desperté con el cuerpo entero manchado de sudor y no supe la razón, no supe si las muchas noticias de la noche anterior tenían la culpa, no supe si la ventana estuvo tan hermética como el lunes o el jueves o hace 17 días, no supe si la persiana se abrazó en un sueño eterno sobre la ventana. Hoy desperté con el cuerpo entero manchado de sudor. Sequé mi frente toda la noche con la almohada y en ella hundía la cabeza de nuevo, mirando al techo, soñando en un techo que lo sostiene una húmeda almohada.


domingo 13 de febrero de 2011

UNA BOFETADA EN SUS BOFETAS

Porque? sería una manera para comenzar. Pero si lo que quiero es terminar, finiquitar abdicar, concluir negarme los derechos que nunca quise aceptar. ¿Cuando firmé? que irrespeto con el neonato darle palmadas para avisarle que llegó a sufrir, el primer suspiro y el primer dolor vienen unidos, ponerle nombre, bautizarlo.
 Malparidos. Quién firmó por mí?  si yo no sabía escribir, y ahora que parece que aprendí no sé cómo escribir mi renuncia a tales derechos. Para que mantener-se. Había una vez alguien que vivía allí, la señorita x.  La señorita x se creció, se formó, se jodio y vivió, alguien un día le pregunto a la señorita x porque había nacido allí, o quizás por costumbre quiso preguntar.. porque nació. La señora X que desde ahora lo era, respondio, había una vez que...

Todo comienza así, no hay razones concretas, más bien confusas del comienzo y si todo empezó con una palmada en el culo, tengo el derecho a darles una bofetada en sus bofetas.

martes 14 de diciembre de 2010

EXTRAÑO EXTRAÑAMIENTO

La ilusión es el hálito que cubre las penumbras de la desazón. Esta cumple con llevarnos a mundos (inventados por nosotros mismos) donde las dimensiones espacio-temporales dejan de ser. Una a una las ilusiones golpean con bofetadas groseras lo que antes parecía hacerse realidad, aniquila lo que para uno no es ilusión sino ratio, su impecable subjetividad desborda todo conocimiento, lo totaliza y expulsa de los campos de la verdad propia, personal. Sucumbir podría ser una respuesta, dejarse hundir otra; cada momento que la ilusión se asoma por las ventanas de la crueldad es preferible andar dormido, dejarse llevar, no adherirle significado alguno, ser su esclavo, y ni siquiera considerar que somos parte de ella.
Cómo si no dormido, cómo si no despistado de razón, es cuando la ilusión nos asalta en nuestra buena ilusión y creemos estar siguiendo el requisito obligado de acceder a la felicidad, de inscribirnos como miembros vitalicios de una sensación que dura lo que nuestra razón quiera permitir, sin embargo nos alejamos de ella convencidos de que lo merecemos.

viernes 5 de noviembre de 2010

Me gustas cuando estas ausente porque parece que estás...
la vida ofrece jurídicamente posibilidades de defensa  mas allá de un justo y juicioso juicio, sin embargo después de burocracias no se ve al fondo del proceso un final que deje ambas partes satisfechas. Es verdad que si nos ocupamos de vivir descuidamos el presente mismo de esa vivencia, pasamos de largo aún con quejas y reclamos. Te dí besos, te abracé con mis sueños, y la vida pasó lejos de de los míos. Ahora tu pasas de largo, te alejas de mis brazos carrasposos, de  mis sueños lejanos e inconexos a los tuyos; si, no hay ya compañía sincera, hay a lo sumo, preexistencias comprobadas por la realidad ficticia que creamos por pasados vívidos, reales. Te alejarás, y seguramente te recordaré, con la melancolía de saber lo hecho, con la angustiosa necesidad de reparar cualquier aboyadura para no recriminar mis comportamientos infantiles. Con la esperanza de saber que en los venideros días, mis labios no te serán ajenos nunca más.

martes 26 de octubre de 2010

SIN PENSAR

Las esferas de la realidad se acogen en una sola como cómplices de la verdad, éstas mismas absorben los sucesos producidos ingenuamente por el solo hecho de vivir, su esfera principal carcome sin cuestionarse siquiera lo que esto acarrearía. Así es, pienso en eso, cavilo no de manera constante sino alterada, su ausencia vil y petrificada en mi recuerdo, ya no estás aún así  partes sin medida alguna a mis vacíos.